El Chopo, un oasis en una ciudad represiva.

El Chopo, un oasis en una ciudad represiva.

Texto: C.

Hoy es 18 de abril de 2017. Me encuentro con mi amiga Daniela bajo el reloj del metro Hidalgo. Nos comemos un cuadro (LSD) y comenzamos a transitar sin ninguna dirección, dejando que la ciudad nos sorprenda. Pasamos frente a un edificio rojo, gigante, ubicado sobre avenida Reforma y decidimos entrar. Decimos que somos huéspedes del 804 y pronto nos encontramos con una vista espectacular hacia el Monumento a la Revolución. Desde aquí se pueden ver algunos de los edificios más importantes. Bajo mi vista se posa el Museo Universitario del Chopo. Lugar de mil épocas.

Foto tomada por C.

Hacia 1975, año de su apertura, la vida seguía un ritmo diferente del que se nos presenta hoy. México acababa de atravesar por uno de sus más represivos episodios: la matanza estudiantil de 1968. Sin embargo, los jóvenes no perdieron su espíritu rebelde. Continuaron cuestionando y experimentando más allá de lo establecido en el mundo, las ideas políticas, artísticas, la sexualidad, lo cotidiano, lo religioso, los estupefacientes. 

Los conciertos, las chelas en los bares, los espacios abiertos a lo alternativo y a lo reflexivo, no eran lugares comunes en la Ciudad de México. En esa ciudad, carente de espacios para los jóvenes, la UNAM abrió el Chopo.

Después de admirar la grandiosa vista y las extravagancias del edificio de gente acomodada, estando en el éxtasis del viaje, decidimos continuar caminando. Inexorablemente, nuestros pasos nos llevan a pasar frente al Chopo. Nos detenemos a admirar su monumentalidad y rareza. Volvemos al año de 1902 cuando la estructura estilo Jugendstil llegó de Alemania. La contemplamos en todo su esplendor, que aún conserva, la vimos cómo se integraba armoniosamente a la Santa María la Ribera, a la cual, parecía haber estado destinada a habitar.

Bruno Möhring, su creador, la concibió para la “Exposición de Arte e Industria Textil” de Düsseldorf. Después, un empresario mexicano la adquirió para dedicarla a la misma tarea, pero el proyecto no prosperó. Aunque en realidad, toda su vida ha sido hogar de múltiples objetos.

Nuestra imaginación, estimulada por el LSD que habíamos consumido, nos permitió zambullirnos a la época en la que el Chopo fue habitada por animales e insectos disecados. Fuimos presas de la maravillosa escena provocada por seres que algún día se movilizaron en éstas tierras. Una ballena, un mamut, pulgas vestidas, el esqueleto de un dinosaurio, el Diplodocus Carnegii. La belleza nos invadió.

En 1975, la UNAM rescató el inmueble que había sido abandonado 10 años atrás, cuando se movió el Museo de Historia Natural a un lugar más propicio rodeado de naturaleza. Nació el Museo Universitario del Chopo con la intención de llenar el vacío de los jóvenes de no contar con un espacio dónde mostrar sus innovaciones, creaciones y reflexiones. La libertad que se le otorgó al espacio permitió que los colaboradores nos legaran grandes proyectos como el Tianguis del Chopo, el cinematógrafo, los toquínes, las jornadas de información y expresiones de la comunidad LGBTQI, por mencionar algunos.

Decidimos entrar al recinto y nos encontramos con un performance. Hay un caballo colgado del techo, algunos dicen que lo dejarán caer de las alturas.

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