VICTOR HUGO GARCIA FLORES

VICTOR HUGO GARCIA FLORES

Relatos de la CDMX: De capturas peligrosas.

Relatos de la CDMX:
De capturas peligrosas.

Vacío en la Ciudad, 2019.

Texto: Escarlet Rv
Ilustraciones: Víctor Hugo García Flores / Técnica: Aguada de tinta china sobre papel.

Sandra se citó con el fotógrafo a las once de la mañana afuera de la estación del Metro San Juan de Letrán. No vivía lejos así que se bañó con calma, prendió un toque de marihuana y comenzó a elegir la ropa que modelaría ante el lente de Daniel. No era la primera vez que se veían, ya habían hecho otras sesiones y, más allá de lo incómodo que puede ser que alguien te vea en poca ropa, nunca se sintió en desconfianza con él. Salió de su casa con media hora de anticipación, encendió un cigarro y caminó, no le gustaban los taxis.

La Doctores puede ser un lugar peligroso para quien no conoce el barrio, pero ella había crecido con los monosos de la vulcanizadora como sus amigos, eran ellos mismos los que le conseguían la marihuana y los que le tiraban paro cada que se necesitaba. Llegó al Metro, prendió otro cigarro y detrás del humo vio ese par de ojos que se sentían como mil cuando modelaba sin ropa frente a ellos, “pero hay cosas a las que te acostumbras”, decía a la vez que se acordaba de esas inyecciones de insulina tan caras que mantenían con vida a su abuela.

Entra, 2019.

“Hoy toca bondagge” le dijo Daniel mientras caminaban rumbo al número 27 de la calle López del Centro Histórico. Ese hotel era nuevo para ella y mucho más sencillo de los que acostumbraba a visitar. Las puertas del elevador se cerraron y Daniel ya estaba sacando las cuerdas para enseñárselas: “Aprendí a hacer los nudos en una sex shop, así que no te tienes que preocupar, sí aprietan pero no duele”, aseguró en el tiempo que tardaron en llegar al quinto piso.

Bastaron pocos pasos para estar detrás de la puerta roja, decorada justo al centro con un 15 de metal dorado, igual de viejo que sus ganas de hacer las cosas por la derecha, porque “estudias o te consigues un buen trabajo con las pocas ventajas que te da tener el certificado de la prepa, pero las dos no se pueden” y ella prefería estudiar a pasar 8 horas detrás de una computadora viéndose crecer la panza como una godín en un Call Center, además las sesiones le daban más dinero en 3 horas del que ganaría por semana en las oficinas de sus tíos.

“Primero unas normales, ¿no?” dijo ella con la esperanza de que les volara el tiempo y les quedara no más de una hora para las fotos con las cuerdas, había algo de ellas que no la dejaban sentirse tranquila. Daniel asintió y Sandra comenzó a desvestirse. “El azul es mi color favorito”, dijo él mientras le clavaba la mirada al encaje que adornaba su espalda y su cadera. Ella perdió el pudor desde pequeña cuando supo que tendría que conseguirse sus propias cosas y que, teniendo pena nunca lo lograría. “También es mi color favorito”, respondió y se paró frente a la ventana de la habitación que daba a la calle López, el sol de mediodía alumbraba desde su abdomen marcado por el ballet que practicó desde pequeña hasta su pierna izquierda también marcada por la cicatriz que le quedó de la mordida de un perro cuando tenía 19. Esa fue la primer captura.

Pasó una hora y media erotizándose frente a la cámara de Daniel que disparó en cada oportunidad y cada esquina de la habitación. Las piezas de encaje azul ahora adornaban el buró de madera que estaba a lado de la cama y el mosaico verde que tenía el suelo de la regadera. “Vamos a darle” dijo Daniel mientras ponía la cámara en el colchón y sacaba de su mochila las cuerdas que estaba tan ansioso por usar. “Tienes que acostarte para que pueda amarrarte bien y no te lastime”. Tan desnuda como estaba, Sandra se recostó bocarriba y por alguna extraña razón, se tapó los senos y el pubis como si nunca se los hubiera visto. Se sentía insegura.

“Solo vamos a hacer uno”, dijo D, “pero necesito que te voltees y pongas tus manos en la espalda”. Para sorpresa de Sandra el nudo no apretaba ni era incómodo, pero sí la tenía inmovilizada, al punto que D tuvo que tomarla de un brazo para voltearla hacia arriba y hacerle los otros nudos de los muslos a la cintura, que le darían a sus piernas la libertad de seguir posando. “Abre las piernas”, dijo Daniel interpretando al papel del que somete a la sumisa, “Es para hacerte los nudos, como si nunca hubiera visto una vagina”, “por lo menos no la mía” pensó Sandra y con desconfianza lentamente fue dejándolas caer sobre la cama. D pasó las cuerdas por debajo del muslo derecho hacia el frente, hizo un nudo y Sandra terminó con tres niveles de nudos en cada pierna que se conectaban independientemente a su cintura, “Fueron 30 minutos muy tensos y extraños”, dice.

Daniel le decía cómo pararse para que las cuerdas jugaran a su favor, hacia dónde inclinarse, y cómo moverse para que la luz del sol alumbrara las ataduras, él estaba “inspirado”, ella ya quería irse. “Oye, ya empieza a desatarme porque se me va a hacer tarde y tengo que llegar temprano a clases”, mintió Sandra, los miércoles no tenía clases en la UAM Xochimilco. Se recostó y D comenzó a deshacer el nudo inferior de la pierna derecha, luego el de en medio y al final el de arriba.

Continuó con el de la cintura y luego con el nudo más pegado a la rodilla izquierda, luego el de en medio y al último, el más cercano a las ingles de Sandra. “Apreté muy fuerte este nudo, a ver”, dijo D y se acercó aún más a la intimidad de Sandra, sacó su lengua y lamió de abajo hacia arriba. “No te quieras pasar de pendejo conmigo cabrón, no te conviene” dijo Sandra dando un salto brusco fuera de la cama. El nudo ya estaba suelto.

“Quítame esta chingadera de las manos pero ya”, dijo S “Bueno ya wey”, respondió D mientras se dirigía hacia los hoyuelos de la espalda baja que, según le había dicho a ella, “eran perfectos”, comenzó a deshacer los nudos y Sandra lo apresuraba para terminar, “En chinga wey”, le decía mientras Daniel le rozaba las nalgas con el pretexto del nudo.

“Págame que ya me tengo que ir”, dijo mientras buscaba la parte inferior de su conjunto de encaje. Daniel respiró profundo y sin decir una palabra comenzó a guardar las cuerdas, la cámara y los lentes que hicieron zoom en la intimidad de Sandra. Ella se vistió, recogió sus prendas de la habitación, se paró frente a Daniel y extendió la mano, “¡Ándale que se me está haciendo tarde!” dijo agitando la muñeca. D sacó de su cartera de cuero preferida, “nueve Fridas y dos Sor Juanas extras”, ni siquiera lo contó, dio la vuelta, salió corriendo del hotel, tomó un taxi a su casa y le brotó un río en cada mejilla de su rostro, porque S sabe que “hay cosas a las que uno se acostumbra pero vivir sin mi segunda madre, no es una de ellas”.

Llegó a su casa, abrazó a su abuela, le dio un beso y caminó hacia su cuarto. Prendió lo que quedó del toque de la mañana y se acostó. Un día más para su abuela, un día menos para Sandra.

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